La gran diferencia

Por Fernando A. De León

Luego de que Pamela, mi hija, recientemente se accidentara al resbalarse por las escaleras del edificio en que reside y fracturarse una pierna en tres partes, hube de reflexionar sobre el por qué la mayoría de los jóvenes quieren abandonar a República Dominicana.

 

Cual que sea el inconveniente de ese percance, en cuanto a efectiva asistencia, ni el mismísimo Donald Trump, podría impedir que las autoridades de Nueva York la auxilien.  Esta garantía que beneficia hasta a los que sólo tienen estatus de residentes, es otro motivo que estimula a cualquiera a establecerse en Estados Unidos y otros países de incuestionables avances.

 

Me explico, aun con sus defectos, en los países institucionalizados la asistencia médica de los que poco o nada tienen está plenamente garantizada, y su bienestar no es obstruido por la conformación del ajedrez político de una o dos figuras cuyas iniciativas y disfrute del poder obvian las necesidades de la población.

 

A pesar de que me conturbó la anunciada caída de Pamela, a ella le será practicada una cirugía sin costo alguno porque se le otorgó un medicaid; se le cubrirá el pasaje cuando vaya a terapia; un abogado se apersonó a su apartamento y ya entabló una demanda. Además, le facilitarán los servicios de una home-atender que asistirá a sus hijas, mientras esté impedida de realizar sus quehaceres cotidianos.

 

Es decir, que un país donde no hay administradoras de Riesgos de Salud ni Fondo de Pensiones (ARS y AFP) que generan miles de millones de pesos cada año que maneja un grupito, y no se sabe dónde diablos van a parar; los recursos de salud y otras facilidades son funcionales.

 

Sin serias falencias institucionales, ni disputas sobre primarias abiertas o cerradas que acomodan a funcionarios y candidatos presidenciales, se asiste a los desposeídos; y nadie, públicamente, se atreve a cuestionar el origen de sus progenitores. He ahí la gran diferencia.

El autor es periodista, miembro del CDP en Nueva York, donde reside.