¿Orgulloso de qué?

 

Por Fernando A. De León

   No abjuro de mi nacionalidad; pero luego de observar lo que ocurre en las instancias políticas y la anomia generalizada en el país, uno sólo se siente resignado a aceptar que es dominicano. Si me preguntaran si estoy orgulloso de ello, sinceramente, diría que no del todo.

 

  Por pruritos y chovinismo, pocos se expresarían de esa forma. Orgullosos y conformes de su existencia y futuras perspectivas, deberían estar los que no reparan en aliarse a cualquier sector que le haya hecho daño a los dominicanos desposeídos.

 

Entiendo que sería una sin razón sentir plenamente ese orgullo. Porque ¿quién puede sentir orgullo y estar complacido con que maltraten a los suyos?  Sólo los licenciosos, individualistas,   consumistas, y sibaritas que se sostienen de sinecuras y mamandurrias; pueden estar complacidos con lo que acontece en República Dominicana.

 

  Amar a su gente y querer la patria, dista mucho de sentirse orgulloso de cómo se maneja la cosa pública y los desatinos a que ha sido sometida. Uno se indigna por nuestra fallida institucionalidad, delincuencia, latrocinio y otras inconsistencias. Orgullo e indignación, no pueden mezclarse. Esa fórmula es un absurdo.

 

  Los que son dados “a los saltos de garrocha” aunque sea en perjuicio de los demás, sí  deben sentirse orondos. Y más cuando sus necesidades superan, sin queja alguna, lo que en otrora, fueron sus principios.

 

  Mis criterios y malestares no son nuevos, y nada tienen que ver con estar extrañado de mi terruño.  Todo el que, con sus defectos, ha cumplido con lo prístino de su formación; ha actuado limpiamente y sin máculas, puede ser afectado por esa desazón.

 El autor es periodista, miembro del CDP en Nueva York, donde reside.