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Una carta para Juana

 

Por Fernando A. De León

 

 Cómo te sientes, Juana. En cual que sea la dimensión que se encuentre tu espíritu, espero estés bien. Te escribo estas líneas-que es una carta pública- para quejarme de lo que me contaron dijiste, a raíz de mi encierro en el penal de La Victoria.

 

 Excúsame esta queja porque siempre fuiste una madre abnegada; pero todavía no me explicó el por qué, casi con voz en cuello, cuando fui víctima de ese abusivo apremio corporal-que no fue el único-que me separó de ti por un tiempo, clamaste porque en vez de apresarme a mí, se apresaran a Alfredito. Cuando algunos amigos me contaron sobre ese caso que causó asombro e hilaridad; quedé sorprendido.

 

 Nos preguntábamos sobre cómo era posible que tú llegaras a externar ese deseo cuando Alfredito, mi único hermano mayor en ese hogar, era el que nos sostenía trabajando carpintería afanosamente, y en un tiempo, vendiendo “domingo y la lista”.  Agradezco tu abnegación de madre pero tu pesar fue, injustamente, exagerado.

 

 Excúsame porque tengo que decirte algo más que sé te disgustará. En tu afán porque yo no fuera un delincuente, muy regularmente, me advertía que yo no podía ser un delincuente, “porque tu padre es un hombre muy serio”.  ¿Y sabes una cosa? por lo menos creo que heredé su conservadurismo. Tal vez, y te pido excusa otra vez, a fuerza de esa repetitiva advertencia; me inutilizaste.

 

 Si, Juana, porque en la sociedad de hoy, mantener cierta discreción y conservar buenas costumbres y hombría de bien, no es ser serio. Los tiempos han cambiado, aparte de que hemos arribado a la sociedad del espectáculo, estamos inmerso en el sofismo y el populismo que luego corrompe y envilece.  Las enseñanzas que me legaste, como sé que lo hicieron otras madres de aquella época, a no pocos que bien la asimilamos, nos ha convertido en “disfuncionales”.

 

 

 Ahora, son considerados serios y exitosos los funcionarios de los gobiernos de turno; testaferros y corruptos que cobran hasta sin trabajar. Pero, ese es un tema que va para largo, y hasta ahí te cuento.  

 

 

 Finalmente, para tu consuelo y paz a tu alma, debo decirte que nunca delinquí, y no sólo en la tipificación del delito común, también en lo delictuoso del que se corrompe ejerciendo una profesión. Ni aun cuando me vi en la inopia y sin un techo que me cobijara. Quiero añadir que, por mis avatares no pude dar para más, y por una tradición que conoces, opté por el periodismo.

 

 

 Aunque no lo digan otros hay que admitir que, para los desarrapados, fue lo menos costoso y más fácil de escoger en aquellos tiempos. No pude escalar más en los estudios, y hube de partir hacia Nueva York donde me encuentro ahora. Sin embargo te aseguro que, como querías, no fui dado a la delincuencia. Sigue descansando en paz. Hasta luego.

      

El autor es periodista, miembro del CDP en Nueva York, donde reside.