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Tiempos de opresión

Por Fernando A. De León

 Ese perro me ladra / jau, jau, ese perro me grita / jau, jau…  Cuando en contadas ocasiones escucho esa guaracha y el estribillo del dúo  “Los Compadres”, no sé qué sentimientos estremecen mi ser; si la nostalgia de los tiempos idos, o los aturdimientos de un efecto postraumático.

 

 Cuando salió al aire esa pieza del dueto cubano; lo oía desde la celda 8 del penal de La Victoria. Corrían los años 60, específicamente, el 1967. Siendo un imberbe; alfañique y menor de edad, fui apresado y  golpeado salvajemente, yendo a parar a las enrejadas “ergástulas” de la penitenciaría de La Victoria que, a la sazón, tenía una población carcelaria de más o menos mil o dos mil presos.

 

 Aquella mañana, por cierto muy soleada, me dirigí un poco después de las diez, a la esquina que conforman la calle Barahona con la avenida Vicente Noble. No acaba de llegar cuando próximo al colmado de Arsenio, oriundo de Baní, corrió el rumor de que estaban distribuyendo armas de fuego.

 

 Como adolescente inquieto me moví un poco más allá de donde estaba ubicada la pulpería, es decir, a la Vicente Noble; pero no llegué a dar tres pasos, cuando un anciano con sombrero de fieltro se me abalanzó, al tiempo de vociferar: “este es uno”. Al principio creí que era un juego, mientras trataba de quitar sus manos de encima.

 

 De pronto, percibí que tras de mí corrían. Andrés, un viejo amigo del barrio recientemente fallecido, se deslizó de bruces, o de barriga sobre el mostrador, yendo a dar al interior del colmado.

 

 Di un giro brusco y enfilé hacia la derecha para huir por la entonces empedrada calle Barahona, mientras era perseguido. Tras la apresurada huida trastabillé, y perdí tiempo debido a una desvencijada chancleta china de goma, que mi pie derecho había botado. Yo era muy bueno corriendo; pero como consecuencia de ese inconveniente, mi persecutor aceleró la marcha y me dio alcance.

  Lucas-Tuto-Cuello Cabala

 El agente vestido de civil que me apresó, ya desaparecido, fue Lucas Cuello Cabala, a quien apodaban Tuto. Si mal no recuerdo, ese día había una huelga y movilizaciones, en una jornada programada por el Sindicato de Arrimos Portuarios (POASI). Estando ya dentro del vehículo,Tuto Cabala me golpeó severamente con una maciza macana de goma.

 

 Era un hombre de tez clara, fornido y con gafas oscuras. El vehículo en el que me introdujeron violentamente, era un Ford Falcon gris. Pasado el tiempo he reparado en que aquel abusador me golpeó más, luego que le reclamara a José Suberví que iba en el vehículo y también del barrio, que  ahora vive en Miami; sobre el por qué sacó del bolsillo una tarjetita que lo identificaba como reformista. Por cierto, a  él lo liberaron, no lo vi más.

 

 En principio fui conducido a la desaparecida estación policial número uno que estaba localizada en la antigua avenida Tte Amado García Guerrero. Fue en el interior de ese local cuando el esbirro continúo golpeándome,  y arreció su abuso en ocasión de evadirle un golpe, dando su puño con todo y macana en una de las paredes del local. Fue en esos momentos cuando logró, con un golpe, hacerme una herida en la cabeza.

 

 Mi foto junto a otro de los apresados, salió al día siguiente en primera plana del vespertino El Nacional. No tengo ese ejemplar, pero si mal no recuerdo, por el rostro me bajaba un hilillo de sangre caliente. Recuerdo muy bien, que tenía el pelo recién recortado.

 Un camastro llamado “Góndola”

 De ese destacamento fui trasladado al penal de La Victoria junto a un grupo de más de 60 hombres que también fueron apresados ese día. El único menor- eso creo-, era yo.  Cuando llegamos al recinto decenas de presos aherrojados en sus celdas, estaban encaramados encima de uno de los barrotes que reforzaban las rejas. Una buena parte con el torso desnudo, al verme, vociferaban: “carne fresca, carne fresca”.

 

 Llegué descalzo, y en esos momentos era el que más llamaba la atención de los presos; me auscultaban de arriba abajo. Tal vez por mi rostro inocente y corta edad. En el penal, conocí a asesinos como uno que le llamaban “Cajita”, que había matado a un individuo y luego de descuartizarlo introdujo las partes del cadáver, en una caja. Fue sorprendido cuando pretendía deshacerse de esa carga, en los arrecifes del Malecón.

 

 Allí también supe quién era el tal “Calángana”, un peligroso delincuente de ojos claros. Lo llegué a ver curándose una herida del estómago, que parecía el orificio provocado por un balazo.

 

 En la celda 8, que era la de los políticos, me familiaricé con la gente de la izquierda de ese entonces. Pero, siempre recuerdo con agradecimiento al dirigente del Movimiento Popular Dominicano (MPD); el barahonero, Roberto Félix Batista.

 

 En una ocasión, un hombre de tez oscura se acercó a mí en los pasillos del penal, y me enseñó donde él dormía. Era un camastro de dos pisos,  cubiertos con sábanas para que no se observara para el interior. Me sorprendió al decirme que yo era buen bolerista; que conocía a doña Juana, mi madre, y a mi hermano Alfredito.  Con estos datos casi confío en él cuando me invitó a comer, y dijo que podía dormir allí, cómodamente.

 

 Félix Batista, avispado, alertó a los demás y fueron donde yo estaba junto al individuo, me tomaron por el brazo a la vez que le voceaban todo tipo de epítetos; y no lo golpearon porque se esfumó. Roberto narró que ese delincuente lo que quería era violarme y, si me ofreció algunos datos sobre  mis familiares fue porque previamente se informó de quién era yo, y lo utilizó como anzuelo para ganar confianza y abusarme. A Lugares parecidos a ése les llamaban: “Góndolas”.

 

 En las noches, allí, se daba rienda suelta al homosexualismo. Años después y en plena faena periodística vi a Félix Batista en el local la antigua Asociación Médica Dominicana (AMD), era médico. Pero estando aquí en Nueva York, me informaron de su lamentable fallecimiento.

 Esta es una historia más, no de los tiempos de represión que, per se, es el papel de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional ante contingencias; realmente fueron tiempos de abuso y opresión que, por vergüenza, conciencia e indignación, no debemos olvidar. Hay que rechazar a toda  figura política que honre y exalte la memoria de Joaquín Balaguer.

 El autor es periodista, miembro del CDP en Nueva York, donde reside.