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Criminalidad y la desfamiliarización

 

Por Manuel Vólquez

El extrañamiento o desfamiliarización es progresivo hoy en día en los países latinoamericanos y otros destinos universales. Es una eventualidad que nace en la desigualdad social con elevados componentes de descuidos familiares y discriminación racial.

El término “desfamiliarización” fue acuñado por primera vez en 1917 por el formalista ruso Viktor Shklovsky en su ensayo “Arte como técnica”, como un medio para distinguir el lenguaje poético práctico sobre la base de la perceptibilidad.

Es un fenómeno que incide en todas aquellas intervenciones de las formas artísticas o políticas que tienen como objetivo hacerlas ajenas a su propia naturaleza, creando así en los destinatarios un sentimiento de alienación.

Incluso, esas formas de proceder se manifiestan en el lenguaje literario que tiene como meta dar una nueva perspectiva sobre la visión habitual de la realidad presentándola en diferentes contextos a aquellos acostumbrados o representándola, de manera que se observa que la representación es una ficción, por ejemplo, a través de la exageración, lo grotesco, la parodia, lo absurdo, etc.

En la esfera social, de igual modo, también se expresa ese fenómeno en una escala conmovedora. Es evidente el desprecio de la clase dominante hacia las mayorías humanas que viven atrapadas en las garras de la pobreza. Usan a los pobres y crean las necesidades para elevar sus fortunas obligándolos a realizar trabajos forzados y con salarios de miseria. Trabajaban para reducir la pobreza extrema aplicando programas sociales que al final los más beneficiados son los familiares de aquellos que están organizados en organismos de dirección de bases del partido político que gobierna. Así salen de la pobreza.

Muchos jóvenes estudian para asegurar un futuro promisorio, vivir con dignidad, tener una familia forjada sobre la base de principios éticos y morales, tener acceso a los servicios de salud, educación, transporte y otras condiciones de vida.

Si embargo, esos sueños se ven obstruidos al terminar la carrera universitaria. Obtienen un título profesional, pero no consiguen empleos en las instituciones públicas debido a que la generalidad de esos puestos están reservados a miembros y activistas del partido, a los parientes cercanos de los ministros, las amantes y los jefes departamentales y sus acólitos. Y si depositan un curriculum de vida en una oficina privada, les ponen trabas exigiéndoles requisitos que no pueden cumplir. Solo prospera el tráfico de influencia. Ese trato desigual crea la decepción de haber estudiado, sobre todo al saber que existen personas que nunca estudiaron ocupando plazas de trabajo bien remunerada.

Por otro lado, los actores políticos son los responsables de que los ciudadanos asuman comportamientos adversos a la naturaleza humana. Además, hay que culpar a muchos padres o tutores que abandonan los hijos cuando existen conflictos de parejas que terminan en un divorcio o una separación accidentada.
Andrés Oppenheimer, en su libro “Cuentos chinos”, nos da una ilustración de cómo esas élites manipulan esa realidad para sacar ganancias individuales aprovechando la situación social y económica de sus respectivas naciones.

“Aunque muchos miembros de las élites latinoamericanas saben que sus países se están quedando atrás, no tienen el menor incentivo para cambiar un sistema que les funciona muy bien a nivel personal. ¿Qué incentivos para cambiar las cosas tienen los políticos que son electos gracias al voto cautivo de quienes reciben subsidios estatales que benefician a algunos, pero hunden a la sociedad en su conjunto? ¿Por qué van a querer cambiar las cosas los empresarios cortesanos, que reciben contratos fabulosos de gobiernos corruptos? ¿Y por qué van a querer cambiar las cosas los académicos e intelectuales progresistas que enseñan e universidades públicas que se escudan detrás de una autonomía universitaria para no rendir cuentas a nadie por su ineficiencia?”

¡Cuánta verdad en esas palabras! De pronto, nos vemos rodeados de un fenómeno epidémico que genera consecuencias fatales en la sociedad actual: la falta de oportunidades que arrastra a mucha gente a involucrarse en viajes clandestinos peligrosos en buscar de mejores oportunidades y en acciones criminales, como el robo, el fraude, secuestro o matar por encargo (sicarios).
Numerosas son las víctimas de la exclusión social que comienzan a consumir droga desde temprana edad con la agravante de que terminan con el cerebro pulverizado.

Como muy bien lo expresa Oppenheimer, “todos esos chicos que no van a la escuela, no conocen al padre, que no pertenecen a una iglesia ni a un club, que viven en la calle, y consumen drogas, son mano de obra de la criminalidad”.

Los más jóvenes se inician en pandillas y se convierten en asesinos despiadados. Es una forma de protestar y vengar la exclusión social y el desprecio hacia ellos. Así funcionan las cosas.

Entonces entramos en una etapa crítica donde evoluciona, de manera acelerada, una lamentable segmentación familiar que tiene consecuencias sociales catastróficas. Los padres pierden el control de los hijos que están metidos en vicios y crímenes, los hijos abandonan el hogar para tomar las calles y algunas veces solo se sabe de ellos cuando mueren a causa de una sobredosis o fulminados por las balas en pleitos entre traficantes de narcóticos o en enfrentamientos con los policías.

Pero otro factor que da origen al fenómeno de la desfamiliarización es la injusta aplicación de las leyes migratorias en varios países desarrollados. Los padres indocumentados son repatriados hacia sus países de origen, no así a los hijos nacidos en esas ciudades, que son tipificados como ciudadanos.

Lo cierto es que surge una separación forzosa que crea traumas, desesperación, desestabilización emocional y distanciamiento en la familia. Es un patrón de conducta que algún día debe ser modificado para propiciar una calidad de vida más digna con una justa distribución de los bienes y servicios para las mayorías humanas.