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Ciudadano del mundo

Por Fernando A. De León

 Si no he sido el único (que es muy posible), soy uno de los poquísimos periodistas que ha ejercido el oficio y, al mismo tiempo ha laborado en factorías y otros centros de producción en la ciudad de Nueva York.

 

 Esto, unido a que ya tengo nietos de progenitores de otras razas, etnias y culturas (tengo seis nietas nacidas en esta urbe que multiplicarán mis genes), de alguna forma y estando en un punto fijo, Manhattan; me convierten en una especie de ciudadano del mundo.

 

 Este criterio se afinca más con el sincretismo de migrantes que colorea el Estado neoyorquino. He devenido en un ente más tolerante frente a toda forma de pensamiento. Sin embargo esta arista cosmopolita, a la distancia, se corresponde con nuestra dominicanidad.

 

 Sí, porque aunque somos dado a la semiótica del perejil (sólo somos anti-haitianos), los dominicanos, muy a pesar de nuestros resabios chovinistas y etnocentristas, pertenecemos a un conglomerado de El Caribe que admira a los migrantes de diversos confines. Sobre todo a europeos y estadounidenses. Por cierto, en esta coyuntura histórica se ha acentuado.

 

 Sigo defendiendo mis derechos sin genuflexiones.  Empero, como ser humano me he tratado con todo el mundo, alejado del modo de patriotismo y nacionalismo que enarbolan muchos de los nuestros que siempre han aceptado injerencias, explotaciones, y el robo de nuestras riquezas naturales. 

 

  Pero, como la patria se lleva por dentro hoy soy tan patriota y nacionalista como el que más porque valoro y respeto a los migrantes de otras latitudes sin reparar en sus orígenes, culturas, o credos.

  

  A pesar de que algunos rechacen mis verticales principios, no he sido afrenta ni como migrante ni como periodista, y, me atrevo a afirmar sin arrogancia que Nueva York debería estar orgullosa de que sea un dominicano más de los que, desatinadamente, llamamos diáspora.

  El autor es periodista, miembro del CDP en Nueva York, donde reside.