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Abinader, causales/oposición interna

Por Oscar López Reyes 

El aspirante presidencial nos encomendó, hace unos cuantos años, la preparación de un plan de marketing electoral, y nos advirtió que no haría ninguna promesa que no estuviera seguro de que iba a cumplir. En esa pasarela, le adelantamos que el que no enuncia propuestas atractivas no compite ni gana, y que las ejecutorias estarían en concordancia con los acopios financieros, la coyuntura internacional y el rejuego en las delineaciones fácticas.

Anticipadamente le planteamos un dilema axiológico, en dos escenarios contrapuestos: el de la campaña electoral (deseo/abundancia), con un programa de gobierno o carga de deseos (ofertas temáticas del querer o metas/objetivos), y el del ejercicio del poder estatal o modus operandi (realismo racional) en los entresijos de acuciantes necesidades sempiternas. Sucintamente, se superpone un correlato: prometer-cumplir.

En el escenario del deseo/abundancia de promesas, el candidato que anda detrás del voto utilitarista se presenta como la estrella polar y personaliza por la exposición de ideas subjetivas, con presupuestos abstractos y apasionantes; críticas pugnaces y a veces disociativas, en representación de un partido político o un sector de la sociedad (exclusionismo).

Si el candidato va a una enramada y los concurrentes le formulan diez solicitudes, y les responde que no está en capacidad de ponerlas en acción, el caballero de pelo en pecho tirará el sombrero hacia arriba, y proclamará: “Si aún no has llegado y dice que no puede, cómo será cuando llegue al poder”. Las damas, en la misma lírica, se recogerán las faldas y junto con los varones le dirán que no servirá para nada, y le pedirán que se retire del lugar. Por ese rasgo, los candidatos retadores se explayan en sobreofertas.

Esas esperanzas han sido alimentadas desde la antigüedad. El político/militar romano Quinto Tulio Cicerón (102 a. C.-Italia-43 a. C.), autor de “El manual del candidato”, externó, sin vestimentas: “Siendo la naturaleza humana como es, todos los hombres prefieren una promesa falsa a una negativa absoluta (….) Si haces una promesa, el riesgo es incierto, a mediano o largo plazo y con pocos efectos. Pero si das una negativa puedes estar seguro de que ofenderás a muchos y al mismo tiempo”.

El segundo escenario, el del realismo racional del inquilinato palaciego, encierra la inclusión (está delegado por todos los ciudadanos), los planes objetivos, la representatividad colectiva o mayoría plural, el diálogo y la conciliación en la búsqueda del equilibrio y la gobernabilidad democrática.

Una gala ensortija el candidato de un partido/segmento y otra el estadista sobrio, que yunta para todos los habitantes de un conglomerado demográfico, y como hacedor de políticas públicas lidia en la panza de limitaciones y contrariedades para reducir la ofrecida desigualdad/pobreza, crear empleos, construir obras de infraestructura, expandir y mejorar la salud y la educación, combatir la corrupción y la impunidad, bajar la deuda pública y los impuestos, y conceder pensiones, variables que son incontrolables.

 Gobernantes del fascismo y el neofascismo, el liberalismo tanto clásico como radical, el federalismo republicano, el socialismo, la democracia cristiana, la social-democracia y el neoliberalismo vigente no han podido alcanzar el 100% de sus pretensiones gubernamentales. En Estados Unidos tradicionalmente han sido logradas en más de un 60%, y en países latinoamericanos en menos de un 25%, y en ocasiones han rayado por debajo de un 10%. Simplificando, las promesas han sido cumplidas a medias o incumplidas con un bajísimo porcentaje. 

Con un sano propósito a la vista de todos nosotros, el presidente Luis Abinader casi no pega los ojos y tirándose un bocado a todo correr por los pasillos del Palacio Nacional, en un esfuerzo por llenar el cometido de su idealizado programa de gobierno, en la soga de una pandemia y una carencia monetaria sin parangón. Y, en esa pendiente, colaboradores le hacen una oposición interna -inconscientemente- en el carril de una agenda internacional sobre el desorden del aborto, un tema no prioritario en relación con otros, como el virus, el explosivo trasvase haitiano y la criminalidad.

El presidente Abinader mantiene su respaldo a las tres causales, pero está atrapado entre dos aguas turbulentas, y evidencia que no quiere actuar con antiojeras. Y, en la búsqueda de una salida que no eche por la borda sus palabras, ha propuesto la realización de un referendo que indique si la mayoría las aprueba o rechaza.

Se propone, en otra carpeta aparentemente imperceptible, fungir en la mediación superestructural y legitimar la relación Estado-ciudadanía, encarnado en las feministas de las tres causales, y los nexos Estado-Iglesia, la institución ésta última de mayor credibilidad, con una poderosa influencia socio/cultural en la comunidad nacional (a la católica y protestante responde más del 40%, entre fanáticos ciegos, conservadores y devotos a distancia), y en el Congreso.

Luce que el primer ejecutivo pretende salirse de abajo de la patana, sin exponerse a desatino. La lógica parece conducir por cuatro senderos:

1.- La discusión y sanción de una Ley de referendo tardaría un tiempo.

2.- El referendo conllevaría a una inversión millonaria, porque sería similar a unas elecciones nacionales.

3.- Ganará el referendo el que cuente con más capacidad publicitaria, y no necesariamente el que tenga la razón.

4.- Si las cámaras legislativas aprobaran el Código Penal con las tres causales, indefectiblemente que será declarado inconstitucional por el Tribunal Constitucional. Por lo tanto, afectará al código en su totalidad.

Insistir en las tres causas o despenalización del aborto -cuando la salud de la mujer peligre, el feto sea incompatible con la vida extrauterina o el embarazo sea por una violación- se deriva en una pérdida de energía, tiempo y recursos financieros. Sancionar el nuevo Código Penal -incluyendo el riesgo de vida para la madre- apunta como más urgente, y más viable. Después de dos décadas entrampado por las tres causales, procede que éstas sean consignadas en un Proyecto de ley general especial.

El extensamente modificado Código Penal (data de 1884) tipificará nuevas figuras jurídicas, para concordar con la Constitución de la Repúblicas, las novedosas tendencias del derecho penal, la teoría del delito, los derechos humanos, las innovaciones tecnológicas y la globalización. En ese empeño, integra y clasifica las modalidades de los delitos y fija sanciones punitivas (leves, graves y muy graves, con una acumulación no mayor a los 60 años de prisión) y monetarias, en la lupa de la legalidad, la responsabilidad, la proporcionalidad, la favorabilidad y la culpabilidad.

Contiene artículos sobre feminicidio, sicariato, genocidio, desaparición forzada de personas, infracciones de lesa humanidad, entre ellas de guerra; daños con sustancias químicas, torturas, actos crueles, inhumanos y degradantes;             , bigamia, violencia de género, incesto, exhibicionismo, adulteración de alimentos, bebidas y medicinas; envenenamiento, secuestro, corrupción, enriquecimiento ilícito, sabotaje, espionaje, uso excesivo de la fuerza policíaco/militar, extorsión, chantaje, bancarrota fraudulenta; hostigamiento, intimidación o bullying; abandono de adultos y menores, experimentos biomédicos, disparos innecesarios, perturbación telefónica, violación de propiedades, etc.

En las sociedades plurales contemporáneas no pueden imponerse, sin que en algún momento importe el sonido cristianizado proveniente del campanario, grupos minoritarios que despuntan fundamentalmente por su impacto mediático, como las feministas dinámicas, que representarían un poco más del 5% de la población; los homosexuales y lesbianas, que alcanzarían más o menos el 1%, y una porción de los médicos, que persiguen engordar sus bolsillos.

Si por un milagro insólito y absurdo quien escribe sustituyera momentáneamente a Abinader en su sillón palaciego, con todos sus poderes, el día que llegue al despacho presidencial el nuevo Código Penal sancionado por las cámaras legislativas, lo promulgaría sin dilación, aunque como un monstruo se agite el abrigo del viento, en el escritorio se siente un gato prieto y se escuchen los ladridos de perros del vecindario lejano.