fbpx

Preocupación del niño Lyan Adrián

Por Manuel Vólquez

Tiene a penas siete años y ya demuestra terror hacia la vejez. Su diminuta figura corporal contrasta con la edad, pero en su interior resplandece el espíritu de la sabiduría infantil.

Le llaman Lyan Adrián, un niño de ojos negros y mirada profunda y cansada, muy preguntón que, como todos los niños, busca respuesta a todo lo que le rodea. Es poco conversador y siempre tiene reglas específicas sobre su personalidad. Por ejemplo, no le gusta que lo vean desnudo en el baño o en el vestidor y es selectivo con los alimentos que ha de ingerir.

Su rechazo a la vejez lo descubrí en un breve diálogo con él mientras me visitaba. Es un sobrino preferido y mimado de mi esposa. Observaba con atención la parte inferior de mis pies y de repente me dijo:

-Tu tienes los pies de lobo.

-No es un pie de lobo, es un pie de un hombre que se está poniendo viejo-respondí.

-Yo no quiero ser ningún viejo. No quiero convertirme en un lobo -respondió. Noté cierta nostalgia en su mirada cuando pronunció esas últimas palabras.

Lyan, todas las personas terminan convertidas en ancianos. Es la última fase de la vida-dije. Esa parte se la tuve que explicar con calma y poniendo algunos ejemplos de las etapas del crecimiento.

-No, te dije que yo no quiero ser un viejo porque los viejos tienen los pies de lobos, son feos y tienen la pie arrugada. No lo quiero-insistió.

Ahí terminó el diálogo. Preferí dejarlo al ver que él estaba a punto de estallar en llanto. Me sorprendió ese comportamiento.

Lo cierto es que él no es único que le teme a la ancianidad. No lo fustigaré por esa actitud. Son muchos los humanos que reflexionan sobre esa realidad. Naturalmente, la vejez es una fase de complicaciones, de enfermedades catastróficas que disminuye la energía y el ánimo de quienes las padecen, además de generar nostalgias, compasión y enormes gastos financieros en los buenos familiares.

Es normal que surjan esas eventualidades, esos rechazos. No veo la razón de sentirse mal por llegar a viejo.

Muchos humanos terminan desechados y depositados por los familiares en un hospicio, lugares que son tipificados como depósitos de ancianos con exiguas posibilidades de sobrevivir.

Tal vez la mejor descripción de la ancianidad la ofrece el fallecido cantautor argentino Alberto Cortez en una canción titulada “La vejez”, la cual define como una dictadura y la clausura de lo que fue la juventud alguna vez.

Esto fue lo que escribió Cortez:

La vejez
Me llegará lentamente
y me hallará distraído
probablemente dormido
sobre un colchón de laureles.
Se instalará en el espejo,
inevitable y serena
y empezará su faena
por los primeros bosquejos.

Con unas hebras de plata
me pintará los cabellos
y alguna línea en el cuello
que tapará la corbata.
Aumentará mi codicia,
mis mañas y mis antojos
y me dará un par de anteojos
para sufrir las noticias.

La vejez…
está a la vuelta de cualquier esquina,
allí, donde uno menos se imagina
se nos presenta por primera vez.

La vejez…
es la más dura de las dictaduras,
la grave ceremonia de clausura
de lo que fue, la juventud alguna vez.

Con admirable destreza,
como el mejor artesano
le irá quitando a mis manos
toda su antigua firmeza
y asesorando al Galeno,
me hará prohibir el cigarro
porque dirán que el catarro
viene ganando terreno.

Me inventará un par de excusas
para amenguar la impotencia,
´que vale más la experiencia
que pretensiones ilusas´,
me llegará la bufanda,
las zapatillas de paño
y el reuma que año tras año
aumentará su demanda.

La vejez…
es la antesala de lo inevitable,
el último camino transitable
ante la duda… ¿qué vendrá después;
La vejez
es todo el equipaje de una vida,
dispuesto ante la puerta de salida
por la que no se puede ya volver

A lo mejor, más que viejo
seré un anciano honorable,
tranquilo y lo más probable,
gran decidor de consejos
o a lo peor, por celosa
me apartará de la gente
y cortará lentamente
mis pobres, últimas rosas.

La vejez
está a la vuelta de cualquier esquina,
allí donde uno menos se imagina
se nos presenta por primera vez.
La vejez…
es la más dura de las dictaduras,
la grave ceremonia de clausura
de lo que fue la juventud alguna vez.