No es inocente

Por Fernando A. De León

 República Dominicana conforma un pueblo de una mayoría desesperanzada. Es víctima de líderes placebos: los encantadores de serpientes, y de otro lado, los que venden ilusiones. Luis Abinader está entre estos últimos.

 Con esto queremos significar que, al margen de los espejismos que quiere presentarnos, Abinader es un mandatario más de los que llegan al solio presidencial, a base de engañifas; prometiendo lo que no van a cumplir.

 Subsecuentemente, no es del todo culpable, pero tampoco es inocente, al no prever las desgracias generadas por los torrenciales aguaceros diluvianos registrados el pasado sábado 18 de noviembre, que hicieron colapsar parte del muro del paso a desnivel de la 27 de Febrero con Máximo Gómez.

 Claro, sus adláteres también dirán que es responsabilidad de otros gobiernos; se querrá enviar este mensaje: “mal de muchos, consuelo de todos”, para exonerar de culpa al mandatario. Aunque admitió que de los 23 años de detectarse una supuesta falla en la obra, a pesar de  enarbolar un cambio, su gobierno tiene que ver con casi cuatro.

 El ingeniero estructuralista que la diseñó, Reginald García, reveló que el colapso se debió a deficiencias del drenaje. Pero, además, señaló que era de entorno, no de contención.

 Pero sucede que, el que no tuvo contención fue el mandatario. Casi inmediatamente, nombró una comisión para evaluar los daños y sus causas. Es obvio que habrá integrantes que nunca dirán que el gobierno fue negligente en no prever, si realmente las hubo; hasta fallas en su diseño.

 Por las angustias y calamidades por la que está atravesando el pueblo dominicano, entendemos que el presidente Luis Abinader nunca más debería proclamar: “y esto es cambio”; a menos que se refiera a uno selectivo, y a su manera de ver las cosas.

 Podría afirmarse que el rol de un gobierno de cambio en el país, debe estar pendiente a que en la cosa pública todo esté en orden; hasta lo que nuestros políticos consideran “menudencias” políticas que no atraen votantes; pero si causan desgracias y fatalidades.

  El autor es periodista, miembro del CDP en Nueva York, donde reside.